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El Fuerte de los Sunchales (volver a Museo)
Contexto Nacional:
Integrábamos el Virreinato del Río de la Plata, al mando del Virrey Sobremonte.
Contexto Provincial:
Apenas fundada la ciudad de Santa Fe, los españoles, los criollos y los mestizos, traídos por Garay para poblar los campos, comenzaron a sufrir los efectos del medio, bastante hostil. La naturaleza les brindaba tierras fértiles, buenas aguadas, abundante pesca, leña del monte, entre otros. Pero los indígenas que merodeaban los alrededores de las ciudades, pueblos y pagos, hostilizaban a los habitantes continuamente, tratando de quitarles el producto de su trabajo.
El aislamiento, las enormes distancias a recorrer, el inmenso territorio desconocido y habitado con toda clase de tribus de indios y la necesidad de surtirse de ciertas materias primas, herramientas, telas y pólvora, obligaron a los conquistadores a viajar a las ciudades vecinas de Asunción, Buenos Aires, Córdoba y Tucumán y por la Quebrada de Humahuaca al Potosí y Lima. Para ello, se crearon las rutas o los caminos, de simple huella. Una de esas rutas partía de Santa Fe, llegaba a Los Sunchales, traspasaba Los Porongos, Concepción de Abipones, Santiago del Estero y Tucumán, para internarse en el Alto Perú. El territorio que surcaba el camino hasta Santiago del Estero se llamaba el Gran Chaco, zona abundante en aguas y pastos en épocas de lluvias, y muy escasos en las de sequía.
Como medida de previsión, los españoles y criollos, fueron cavando pozos a lo largo del camino para satisfacer la sed de los hombres, caballos y bueyes.
En Los Sunchales cavaron tres pozos, que figuran en un mapa que data de 1635 con el nombre de “Lagunas de Los Sunchales”.
Además, como el indio hostigaba a los pobladores y viajeros, hubo necesidad de realizar, periódicamente, unas especies de batidas, a fin de alejarlos de los poblados y estancias, y para impedir sus avances desde el norte, se crearon las avanzadas de fronteras, con fortines y fuertes.
Se fueron creando varios de ellos, como La Pelada (1715), en 1734 surgen El Tío, Morteros, Los Porongos y San Javier, en 1747 San Jerónimo del Rey, entre otros.
Según el Sr. Basilio M. Donato, en uno de sus escritos, no se han hallado constancias de si alguien pobló la Laguna de los Sunchales antes de 1747, pero él supone que sí, ya que pocos años después en 1780 se menciona sorpresivamente la existencia de un pueblo de 500 habitantes.
Ese pueblo era Los Sunchales, que se levantaba sobre las ruinas de una avanzada que se llamó “La Virreyna”. Una avanzada la constituía una dotación de 10 a 5 soldados, munidos de armas. Habitaban un rancho grande que transformaban en fortaleza. Las avanzadas desaparecían a menudo por los ataques de los indios o porque se trasladaban a otro sitio. En cambio, un fortín tenía mayor estabilidad, contaba con un mirador, 20 o 25 soldados y cuidaba los caminos y estancias. Así fue en un comienzo el Fortín La Virreyna, vigilando el camino a Santiago del Estero.
Creación del Fuerte de Los Sunchales:
En el año 1792, Prudencio María Gastañaduy, asumió la gobernación de la provincia de Santa Fe. Fue este gobernante quien le dio a Los Sunchales la importancia y característica de fuerte de primer orden, para la tranquilidad de las estancias y pagos vecinos, y para el tránsito de las carretas que iban a Tucumán y de allí a Bolivia y Perú.
En 1790 proyectó la construcción del Fuerte de Los Sunchales, pero por falta de recursos no se iniciaron las obras, enviándose solamente para reforzar la guarnición a 25 hombres. Un Fuerte era una construcción fija de buen material, dotado de varios ranchos, casas para pobladores, casa de armas para el comandante, por lo común con una capilla u oratorio. Poseía un mangrullo, batería de cañones para aviso a estancias y pagos vecinos, con una dotación de 60 guardias de frontera o blandengues, con sus armamentos.
En 1796 se reunieron los vecinos más destacados de Santa Fe para coordinar mejor las defensas de la frontera del oeste y erigir un Fuerte en Los Sunchales. Se aprobaron los gastos para la fortaleza, la iglesia y el mangrullo, dotándose a la nueva avanzada de cuatro cañones y 60 blandengues armados de lanzas y sables.
Este fuerte, junto con otros, formaban una línea que tenía como misión cerrar el paso a los indios y resguardar el azogue que, proveniente de España, se trasladaba desde Buenos Aires hasta Perú.
El 11 de abril de 1796 se concretó la instalación del Fuerte y se construyó el mangrullo, sobre el cual se situaba el vigía o centinela, a fin de descubrir cualquier movimiento sospechoso, para prevenir un ataque de los malones de indios.
No se sabe con certeza si hubo cuatro cañones, pero debió haber ese número en razón de ser Los Sunchales un fuerte de primer orden. Estos cañones cumplían una misión de aviso a los pobladores, estancias vecinas y avanzadas, cuando se acercaban los indios.
Vida en el Fuerte:
Alrededor del Fuerte, se fueron alienando las casas con los primeros pobladores, quienes cultivaban la tierra, principalmente trigo y maíz, y criaban ganado.
La fortaleza estaba bien guarnecida, con una dotación de 60 soldados de frontera permanente, dos sargentos, tres cabos y la tropa.
Con la instalación del Fuerte de Los Sunchales, el comercio con Santiago del Estero, Tucumán y Perú tomó un gran impulso, por lo que se constituyó en un centro importante de concentración y comunicación.
Prudencio María Gastañaduy hizo construir una capilla en Los Sunchales, en el año 1799. Un fuerte o población con capilla elevaba el rango del lugar. Esta capilla contaba con dos campanas que el Fraile Castañeda se las llevó en 1825 a San José del Rincón.
Gastañaduy invirtió mucho en este lugar, para asegurar la existencia de las numerosas estancias que se iban extendiendo en el norte de la provincia.
Habiendo tenido Los Sunchales su mayor esplendor y potencia económica desde los años 1796 a 1815, inquietaba a los pobladores todo asunto relacionado con la política exterior e interior (invasiones inglesas, abdicación de Fernando VII del trono de España, deseos de independencia, revolución de mayo, etc.).
El sistema de gobierno que regía en los fuertes difería del Cabildo de Santa Fe. El Cabildo era un gobierno comunal, en cambio en los fuertes, el gobierno lo ejercía el Comandante. Los asuntos de importancia se resolvían en Santa Fe.
Los indígenas no guardaban respeto hacia la autoridad, solamente obedecían al cacique de la tribu. Se los perseguía si hacían daño, de lo contrario se los dejaba transitar libremente.
La defensa del Fuerte de Los Sunchales y sus estancias así como la vigilancia de los caminos desde un comienzo estuvieron a cargo de los soldados de frontera, luego por los blandengues, después por los escuadrones de la independencia y al final por los guardias nacionales.
Los habitantes de Los Sunchales tenían sus diversiones y esparcimientos, como las carreras de caballos, correr el ñandú y bolearlo, riñas de gallos, correr la sortija, las yerras, los naipes, entre otros.
La vida en el pueblo transcurría apaciblemente, mientras no se acercara un malón.
Los indígenas:
La población indígena del Gran Chaco, que comprendía además parte de Santa Fe, Santiago del Estero y algo del territorio de Salta, vivía recostada sobre los ríos o a la orilla de las grandes lagunas o esteros. Cuando abundaba la caza, salían a merodear por los montes y esteros procurándose alimentos, robando ganado, etc. La zona de Sunchales, por ejemplo, tenía sus épocas de abundancia o escasez de agua o caza, lo cual significaba también mayor presencia o ausencia de indios en la zona.
Conquistado el caballo, el indio se hizo más peligroso en sus correrías, acortándose las distancias. El indio fue la constante pesadilla de los conquistadores, el terror de los pagos y hasta de los fuertes.
Los indios que merodeaban la zona del Fuerte de Los Sunchales eran los Guaycurúes, que se dividían en cuatro grandes ramas: los abipones, los mocovíes, los tobas y los pilagas.
Los Abipones ocupaban el norte y centro de Santa Fe. Eran muy numerosos, andaban desnudos, poseían una gran belleza física y eran bravos, aunque carecían de organización y sólo elegían al líder al enfrentar un problema bélico, como saqueo o devastación. Sus correrías alcanzaban tanto a Santa Fe como a Corrientes. Se rapaban la cabeza como los Guaycurúes, eran muy aficionados a pintarse y adornarse. La mujer llevaba todo el peso de las tareas domésticas y realizaba tejidos. Para su subsistencia se dedicaban a la caza y pesca. No creían en ninguna deidad, pero sí en el más allá. Tenían hechiceros que curaban las enfermedades.
Los Mocovíes vivían junto a los Tobas, a ambas márgenes del Río Bermejo, en las fronteras de Tucumán. Tenían un espíritu belicoso cuando se encontraban en guerra, lo que contrastaba con su natural docilidad. Su idioma era muy rico en cantidad de vocablos y una misma palabra adquiría diversos significados, según el concepto o destino que se le diera. Creían en un más allá donde la vida continuaba como en la tierra. Se pintaban el cuerpo de rojo y negro, se tatuaban y adornaban con plumas. En el orden matrimonial, si un mocoví casado decidía devolver su esposa a los padres, estos tenían el derecho a pedir la restitución de la dote y los hijos quedaban con la madre.
Los Tobas habitaban la región entre el Río Pilcomayo y el Río Bermejo hasta el Paraguay. Fue un pueblo nómade que adoptó el caballo en el siglo XVIII. Eran belicosos y de una fuerza temida. Físicamente eran los más altos y de contextura fuerte y armoniosa. Fueron muy afectos a pintarse de colores según la edad, les perforaban el lóbulo de la oreja al nacer, les arrancaban a las niñas todo el cabello a medida que les iba creciendo. Vivían en chozas o ranchos de ramas y paja de forma circular, con techo cónico rodeados de empalizadas para defensa. Una de sus costumbres era arrancar la cabellera del enemigo vencido y muerto, utilizando su cráneo como recipiente para bebida. Se casaban con una sola mujer, con más influencia en la vida de relación. La mujer y el hombre se dividían las tareas. La mujer se dedicaba a la recolección de frutos y legumbres, mientras el hombre pescaba y cazaba. Admitían un dios al que veneraban e invocaban en la guerra y una diosa que protegía sus frutos. En la guerra combatían a caballo, con arco y flecha.
Los Guaycurúes ocupaban la zona comprendida en el Chaco boreal, central y austral. Eran enemigos de casi todas las tribus. Eran altos, fornidos, indomables guerreros, fueron utilizados en las guerras civiles que asolaron al país.
En el Fuerte de Los Sunchales, los habitantes comerciaban con los indios, guardando relaciones más amistosas. A muchos mocovíes, abipones y tobas, les gustaba la bebida que se vendía en las pulperías y algunas prendas que veían en sus tiendas y entonces se acercaban ofreciendo el intercambio de sus productos (miel, plumas de avestruz, cueros) por otros que apetecían. Naturalmente, eran los menos, la mayoría prefería la libertad y las correrías para robar ganado y demás.
Expedición de Belgrano:
La Primera Junta resolvió enviar al Paraguay, al mando de Belgrano, una expedición, en vista de la frialdad con que fue recibida la revolución de mayo en Asunción. Marchó hacia Santa Fe, incorporándosele en el camino hombres de Rosario, San Nicolás y Coronda. El Fuerte de Los Sunchales tuvo que entregar 60 blandengues de los 78 que estaban a su cargo, quedando casi sin protección. Una incursión de indios se encargó de desmantelarlo. También se dice que Belgrano mandó a retirar dos cañones de los cuatro que poseía el Fuerte.
Destruido casi el Fuerte por el retiro de sus blandengues y parte de su armamento, se inició una etapa de desventuras y de silencio de la historia hasta el año 1816, donde los indios penetraron en las estancias y pagos cometiendo robos de hacienda, asesinatos y llevándose algunos cautivos.
Invasiones de indios:
En julio de 1828, un malón de indios atacó Los Sunchales, robando ganado y matando. En el año 1834, se produjo una nueva invasión de indios, con el objeto de robar caballos. Era necesario reforzar el Fuerte y el camino hacia el oeste, o sea a Santiago del Estero, por esa razón se crearon nuevos fortines y avanzadas en el norte, por orden del General Estanislao López, manteniéndose el Fuere de Los Sunchales siempre en el mismo lugar, desmantelado algunas veces, abandonado otras y nuevamente armado. Esto aseguró la tranquilidad de las estancias y pagos, consiguiendo que muchos vecinos se animaran a criar ganado y sembrar algo alrededor de estos fuertes, a la par que el tránsito a Tucumán y demás ciudades del norte se intensificaba, para beneficio de todos. Por esa razón se repobló el Fuerte de Los Sunchales en el año 1837, sin saber con qué cantidad de población contaba.
En 1852, se presentó a las puertas del mangrullo, de improviso, un malón con 500 indios, dispuestos al ataque. Los soldados que guarnecían al Fuerte huyeron, y los moradores perecieron en parte, otros fueron llevados cautivos y los que alcanzaron el monte, único refugio, no regresaron al Fuerte destruído e incendiado.
Este episodio llegó a conocimiento del Gobernador Crespo, quien envió inmediatamente al lugar al General Adolfo Alvarado. Pero del Fuerte de Los Sunchales no quedaban más que ruinas. El Gral. Alvarado ordenó a sus soldados que hagan una rápida inspección por los montes cercanos, sin que esa medida diera resultados. Mientras tanto, la esposa del General, recorriendo el lugar en busca de algún indicio de vida, escuchó unos quejidos. Se encaminó hacia el lugar de donde provenían los ruidos y encontró una criatura de unos dos años, extenuado por el hambre. El niño fue llevado al cuartel, donde con el asentimiento del General, fue bautizado con el nombre de Adolfo Alvarado.
Los Sunchales, ya no tenía casi pobladores. La mayor parte de las chacras fueron abandonadas, los moradores habían huido hacia otras zonas, menos expuestas al ataque de los indios. Además, la constante contribución de hombres, bienes y hacienda durante 42 años, para afianzar la independencia, consolidar la paz interior y perseguir al indio, motivaron tal despoblación.
Llegando al año 1860, encontramos a Los Sunchales casi despoblado, pero con un proyecto de colonización por parte del gobernador de la provincia Nicasio Oroño, que se concretó en 1865, con la primera colonización de Los Sunchales alrededor del Fuerte.
Hacia 1870, el Fuerte con sus Guardias Nacionales, había cumplido con su misión. Fue el centinela alerta que defendió su lugar, luchó contra el ataque de los indios por más de 100 años, contra el dominio español y contra los hombres que se oponían a su autonomía. En palabras de Basilio Donato: “Ya ni los rastros de sus ruinas quedan; sólo un dedo puede señalar el lugar donde está latente aún su espíritu, en una chacra a 2 kilómetros al oeste del actual pueblo de Sunchales”.
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